Que dice que le explique

que-le-explique

Respondo que cuánto tiempo tiene. Va a necesitar un ratico bueno.

Anuncios

La casa sin barrer

Rompamos una lanza (o un lanzamisiles, lo que corresponda) en favor de la otra España. Porque es verdad que hay dos, pero no una de fachas y otra de rojos. No una de ‘nacionales’ y otra de republicanos. La evolución de las especies nos ha llevado por el mejor camino y por el peor.

Somos machistas de la náusea, puteros del volquete, irreverentes de la peor de las chabacanerías, beatos de meada dentro de la pila y fuera del tiesto, lagartos de ponerse al sol, saqueadores de la hacienda pública, funcionarios del desayuno eterno, alcohólicos de lo anónimo, borrachos de lo reconocido, manipuladores de la ley y de la trampa, señores del ladrillo y de la grúa, pícaros pendencieros de la vida, maltratadores de animales hasta la muerte.

Y a la misma vez somos genios creadores del óleo sobre lienzo, del cincel y de la piedra berroqueña, bomberos y médicos del mundo, sublimes cocineros de los mil tenedores, escritores de la pluma universal, ingenieros de las obras imposibles, irreverentes de los mejores ingenios, ramones y cajales de las intimidades de la ciencia, prodigios de la técnica, adalides de la justicia universal, festivales de la canción y conquistadores del tópico latino. Y lo sabes.

Supongamos que es así la evolución de las especies. Nuestros cambios parecen -no digo que lo sean- consecuencia de una tirada de dados, de una improvisación apabullada y sin sentido. De vez en cuando nos sale un doble seis, pero casi siempre tiramos fuera del tablero. Poco nos pasa para lo mucho que nos la jugamos. Bastante buena escapada si salimos cada trance con un solo coscorrón.

En buena ley, esa resistencia al impacto tendría que ser nuestra mejor arma para dar el salto al siguiente escalón de la evolución. No vamos a prosperar si seguimos siendo esclavos de nuestra milenaria tradición del ordeno y mando. En el mundo anglosajón se entiende la sociedad como un contrato asumido por todos en razonables condiciones de igualdad. Aquí, por el contrario, el poder viene de Dios, que lo deposita mágicamente en la persona del monarca. Éste se rodea de virreyes y validos que manipulan a su libre antojo mientras que él se entrega a los placeres de la caza. Los demás, mientras tanto, con los ropajes bajados hasta media rodilla, en decúbito prono y a recibir lo que el señorito disponga.

Somos incapaces de convivir con los que no piensan igual. Somos muy de arrinconar al adversario, de aniquilar al que discrepa y de matar de sed al enemigo. Esto nos aboca al pensamiento único, o sea, a la dictadura. Y lo más terrible no es estar sometido a un dictador, sino que sea un tipejo bajito y regordete de inteligencia media tirando a baja. Lamentablemente, la estadística juega en contra de lo deseable. Es más que probable que se nos ponga encima un individuo que encaja como un guante en esta descripción.

En los tiempos de los antiguos, las cosas eran sencillas y se podía dominar el mundo conocido con -relativamente- pocos conocimientos. Bastaba con orientarse por el sol, recordar las fechas de las cosechas y comprobar la altura del vuelo del grajo para saber si iba a hacer un frío del carajo. Lo demás venía impuesto desde arriba, y cuestionar las enseñanzas de la santa madre se castigaba con terribles herramientas de pellizco y desgarro. Las noticias llegaban tarde y mal, pero el trovador que las contaba recibía alimento y posada en señal de agradecimiento. La hora de despertarse y la de acostarse eran marcadas por el sol y anunciadas por el gallo. Supervivencia en estado puro para aquellos que tenían la suerte de no caer en los brazos de la peste negra.

Todo bajo control.

Pero vinieron los tiempos modernos. La incipiente industria prometía prosperidad para todos, excedentes como para nadar en la abundancia y comerciar con ellos en el mundo entero, defensas contra las enfermedades y derechos sociales nunca vistos. Incumplió, como es bien sabido. Pero la simplicidad de la vida anterior se perdió para siempre. Un mundo complejo, contradictorio, contaminado, peligroso y hostil sucedió a la plácida y mísera vida de la antigüedad. Vivíamos más años o se nos hacían más largos. No se sabe cuál de las dos cosas sucede en realidad.

Ahora, supongamos que la medida de los tiempos viene dada por los individuos notables y no por el común de los mortales. Esto es mucho suponer en términos de bienestar de la población, pero no en el aspecto evolutivo de la cuestión. La sociedad no avanza con lerdos malintencionados y manipuladores en la cúspide. El populacho, debidamente manipulado, confunde la contemplación de la riqueza con el disfrute de la misma. Y no, ver la opulencia en la televisión no quita el hambre.

Antiguamente, para acceder a la aristocracia era necesario heredar. Para perpetuarse en ella se requería, además, ser cruel y despiadado. Las cosas sencillas (el ritmo del sol, las estaciones, las cosechas, el vuelo del grajo, el frío del carajo) se controlaban bastante bien poniendo un capataz adecuado en cada latifundio. El ejercicio selectivo del derecho de pernada hacía el resto. En el mundo moderno hay muchas más variables. El señorito, por mucho que lo sea, ya no puede ejercer un control feudal sobre las cosas. La revolución industrial no va de máquinas en vez de animales, sino de complejidad en lugar de simplicidad. Es el poder del conocimiento en el lugar de la autoridad sobrevenida.

Esto, claro está, no interesa a las clases dirigentes. Las riquezas heredadas son enemigas del esfuerzo, de la motivación o del estudio. Los ricos por herencia suelen ser comodones, salvo las típicas excepciones que contribuyen a la confirmación de la regla. Y tampoco es esperanzador el caso de los ricos nacidos de la oportunidad. Poco después de hacerse millonarios, los esforzados emprendedores pasan a engrosar el censo de los cómodos. Al menos, hasta que se les acaba el dinero.

Necesitamos una estructura de poder reticular que jubile las presentes jerarquías. La teoría es bonita: cada cual manda en lo que sabe y hace lo mejor que puede. Cada zapatero a sus zapatos. Pero vencer la resistencia de los que ocupan la cúspide en la actualidad es prácticamente imposible. Cada vez que repunta un nuevo líder, desde el mango de la sartén se le invita a deponer su actitud, dándole a cambio de una nueva vida de lujo y comodidades. Sólo puede aceptar, porque la alternativa es amanecer con la cabeza de un caballo entre las sábanas. Ni un monje franciscano puede resistir semejante tentación.

La verdadera revolución, la que triunfaría, no se hará con uniformes de color caquí en el poder o metralletas en las manos. El poder necesita cabezas privilegiadas, líderes muy especializados en el lugar de los negreros explotadores o los encantadores de serpientes al uso.

Gente que entienda que cuatro horas bien trabajadas hacen más por la empresa que una interminable jornada, sobre todo si la “mágica combinación de teclas” más usada es la que oculta el buscaminas y el solitario.

Gente que entienda que se engaña a sí misma y al conjunto de la sociedad cuando ocupa el tiempo de trabajo en tonterías improductivas.

Gente que se quite la manía del presentismo, que llena de atascos estériles los accesos a las ciudades.

Gente que se quite la manía de tener la oficina en el mismo centro del meollo, cuando las condiciones para el teletrabajo, al menos de manera parcial, son mejores que nunca.

A esto se unen las condiciones materiales del asunto. El síndrome del Titanic afecta a todos los que carecen de visión de futuro. Volvemos a los jefes que se preocupan por el afinado del piano del Titanic, olvidándose de la vía de agua que está inundando el cuarto de calderas. Ya no se puede dirigir por mandato divino, y el conocimiento no se adquiere leyendo cuatro revistas. Ya no se puede conquistar el mundo y, al mismo tiempo, tener la casa sin barrer.

Son cambios estructurales que se topan con la condición humana, al menos con la típica española. A ver qué hago yo en casa a las cuatro de la tarde “aguantando a mi mujer, que no la soporto” o en la barra del after hours pagando combinados a millón. Con lo bien que estoy en mi empresa humillando a todos estos soplagaitas a cambio de una mísera pero predecible cantidad mensual.

Renovarse o morir, usted elige.

 

 

 

Vagabundo

Don Andrés no es un vagabundo al uso. Tampoco se llama don Andrés, este es su nombre fingido, con el único fin de proteger la intimidad del inocente. Su delito consiste en sentarse al sol en la terraza del café irlandés y meterse entre pecho y espalda uno de esos brebajes que dan nombre al local. Cada día, de martes a jueves, a las diez y media en punto de la mañana.

Porque los jueves por la tarde regresa a la city de sus pecados y ya no vuelve hasta el martes siguiente, a tiempo para sentarse al sol de la mañana y apretarse su habitual chispazo mañanero. Se rumorea que hace lo propio, de viernes a lunes, a la orilla de su Támesis natal, con terraza pero casi sin sol, por aquello de no perder las buenas costumbres.

Don Andrés es hombre de camisa de flores, soldado de fortuna que aprendió a codearse con las gentes de la crema y la nata financiera. Se sabe de memoria todo aquello de los instrumentos, los fondos buitre, gavilán o paloma, los bonos matador, los derivados, lo que sube y lo que baja. Logró que aquellos ricos le hicieran caso y, al abrigo de vientos poco o nada propicios, consiguió protegerles las fortunas en los tiempos de grandes depresiones que vinieron, siempre vienen, detrás de los momentos de las vacas orondas. El típico vaivén del capital.

Esos ricos discretos, que no aparecen nunca en las páginas rosas de los medios escritos, ni en las listas ordenadas por el tamaño de la cartera, ni en las crónicas del escándalo de faldas con modelos ostentosas de rojos vestidos, ya no pueden vivir sin el consejo experto del delgado personaje de las flores de seda, que masculla monosílabos -compra, vende- o expone posiciones que parecen longitudes -larga, corta- de pernera de pantalón.

No son imperativas sino recomendadas, pero todo el mundo sabe que en ellas está la verdad revelada por el arcano de los mercados financieros. Cada cual verá si hace caso y se forra o si ignora y se arruina.

Don Andrés gasta bromas sobre el clima, sobre todo en verano. Se sienta frente a la torre del puente, esa en la que un monarca impío mandaba rebanar el fino gaznate de sus esposas, según dicen, por asuntos de altísima traición. Desde allí manda recuerdos y disfruta glosando las temperaturas, mitad de las que sufre la meseta castellana, y las humedades, que suelen duplicar las del manchego secarral.

Nosotros le esperamos, porque sabemos que el invierno llega, y las rachas de viento huracanado se presentan puntuales a su cita con la ciudad del capitalismo salvaje. Nos sentamos al sol de la mañana del domingo en la terraza del café de Dublín, y devolvemos la pelota de la envidia a los que tiritan de frío e intentan, equivocadamente, mitigar los rigores del clima con alcohol.

Así sigue la vida, en un devenir de rumores sobre catástrofes de las finanzas y contingencias de las políticas. Esas que a los pobres de solemnidad ni nos vienen ni nos van. Ya que, por no tener más que lo justo para ir tirando, se nos escapan las oportunidades de oro que nos brinda, de manera altruista, la bola de cristal de don Andrés.

Él, entretanto, disfruta de las tímidas apariciones del sol de la mañana londinense, esquiva los calores excesivos del estío madrileño -de Madrid al cielo, pasando, si te descuidas, por el tanatorio de la eme treinta- y se da su paseo semanal, de ida los martes, de vuelta los jueves, clase turista, camisa de flores llueva o nieve, café irlandés tanto allá como acá, propuesta de estrategia de inversión.

Supongamos

Que viene un mundo nuevo, en el que la verdad llega para quedarse.
No queda más maldad, ni trazas de cinismo, ni incompetencia, ni egoísmo.
Y los atardeceres son eternos y tu mano acaricia la mía suavemente.

Supongamos.

Que dejan de existir los opresores, los oprimidos y los pescadores de río revuelto.
Se diluyen peleas y altercados en lo frugal y breve de la vida.
Y todos se dan cuenta de que son cuatro días, y del primero ha pasado la mañana entera.

Supóngase.

Que ya no hay celos porque dejaron de existir las propiedades.
Se vuela libre y se vuelve al hogar cuando se quiere, y no cuando se puede.
Y estás ahí, muy cerca de mi piel, mucho mejor que en ninguna otra parte.

Un suponer.

Jazmines

Se vino a mí, sin venir mucho a cuento, ese profundo aroma del jazmín. Primavera sevillana concentrada. Pequeña dosis de placer o, según circunstancias, de veneno. Ya se sabe lo de la esencia en frascos pequeños.

Se presentó el recuerdo sin dar el previo aviso, ese que uno espera de gentes correctas y civilizadas. El sentimiento encontrado. Lo que pudo ser y no fue. El error de cálculo. La maldita ausencia de bola de cristal. Qué buen producto sería. Una que funcionase, entiéndase.

Se apareció la selva. Ese lugar sin ley en el que todos buscan y casi nadie encuentra. Esa extensa sabana de cazadores y cazados. Esa cadena alimenticia que no respeta la vida, precisamente para que la vida siga.

Uno se ve depredador. Por educación, por hábito, por experiencia o por lo que ha visto en la televisión. No llevaba por allí ni cuatro días cuando fui flor de una noche. Muñeco de trapo a manos de una foránea que protegía su filiación tras un grueso escudo hecho de anonimato.

Nombre falso, ningún dato de procedencia, identidad o relaciones. Solamente una noche divertida. Sin rencor. Sin remordimiento. Sin que sea el preludio de una gran amistad, o de una pequeña.

Gracias por la oferta, mas debo declinar en virtud de mis propias circunstancias. Harto ya de fracasos y, no obstante, abundando en la persistencia. Ya lo sé, tal vez sea un error. Sería más sencillo dar al instante su oportunidad, y condenarlo al olvido horas después.

Un salto en el recuerdo, del cálido sur al este más calmado. Alguno de los mejores mallorquines que un día conocí lo sentenciaba. No dejes nunca que cocinen en tu casa. Si lo haces, te entregas.

Eso de ganar al hombre por el estómago, llevado hasta el extremo de la provisionalidad. Mejor solo que mal acompañado. Mejor absorto en tus propios pensamientos, sin tener que ignorar ruidos de fondo.

Me lo dijo el sur

Recorrí las larguísimas rectas de La Mancha con un solo fin: pisar de nuevo la tierra de mis mayores y descubrir por vez enésima las delicias y los rigores de la vieja Andalucía. La encontré hambrienta de futuro, harta de quienes aprovechan un contactillo aquí para hacer un negociete allá. Supuse que estaba cansada y respeté su somnolencia. Marché en busca de su consorte, mi antiguo amigo el Sur.

El Sur me dijo cosas parecidas. Que la gente corriente sigue teniendo hambre, y que los notables cometen los mismos excesos de antaño. Que el baile y el cante no paran. Más quisiera la gente encontrarse de cara con un trabajo y tener poco tiempo para tocar las palmas. Que se siguen creyendo las canciones de santos y difuntos, de pasos y capirotes. Fiarlo todo a seres superiores va bien para el turismo, pero mal para salir de la miseria.

Que seguimos mirando hacia otro lado, por miedo a que se suban los contrarios al vellocino de oro. El carro que recorre los parajes haciendo como que reparte, pero acaba esquilmando a la mínima ocasión. En pérdida de tiempo se convierte cualquier iniciativa si la mala fortuna se fija en ella. Miles y miles de buenas ideas deambulan por los interminables pasillos de la burocracia mal entendida, peor diseñada y fatalmente ejecutada.

También me dijo el sur que la cocinera no ha perdido facultades. Que puedo persistir en el empeño de alimentarme de chocos, acedías y langostinos sin que se resienta mi paladar. Que cada lugar es delicioso y que cada delicia sigue en su lugar. Ha subido la cesta de la compra pero, qué diantre, un día es un día y pasará mucho tiempo antes de que pueda retornar. Con mi agosto hacen ellos el suyo.

Un aviso me dio para navegantes. Empeña tu futuro, tu palabra y tus actos en mil empresas, posibles e imposibles. Surca los mares y los cielos. Visita lugares exóticos, prácticos, terapéuticos o de cualquier otra índole. Ve donde quieras cuando te apetezca. Pero no tengas duda de una cosa: aquí en Andalucía está tu destino final. Cuanto menos lo alargues, más fructífero será tu periplo definitivo hacia el Sur.

Zapatos

Un hábito como otro cualquiera. Conservo un buen número de pares de zapatos que ya no uso, y a pesar de ello me resisto a reciclarlos. A pesar de su validez en sentido estricto, eludiré el verbo “coleccionar” para evitar la confusión. Nada tiene que ver mi muestrario con el de la que fue primera dama en la que fue colonia española de ultramar.

Algunos pares se han ganado a pulso el lugar en mi mueble zapatero.

Para hacer aquel viaje único en el avión más lujoso y soberbio del mundo, tuve que plantarme un domingo por la tarde en las tiendas de un aeropuerto europeo y comprar indumentaria a cargo del banquero con más prisa que los años vieron. Era la única manera de llegar a tiempo a una reunión crucial en la ciudad de los rascacielos. Por supuesto, la vuelta en clase turista, una vez que se disipó el humo de la urgencia. Con el dineral que costó el vestuario de mi minuto de gloria profesional podría taparme de pies a cabeza durante un año y sobraría dinero.

En otra ocasión, unas botas fueron protagonistas de la mayor injusticia que he cometido en todos los días de mi vida. La que compartía mis días en aquellos momentos consideraba vulgares aquellos pelotos mallorquines que compré con toda la ilusión del mundo. Con la crisis matrimonial, la separación y la vuelta a la península se perdieron mis preciados botines. Creí que ella había aprovechado algún momento de confusión para tirarlos a la basura, y esa creencia se mantuvo en mi ánimo durante años. Sin embargo, un buen día asomaron, como si tal cosa, en una limpieza del trastero de la casa de mis progenitores. Disculpas públicas.

Otros zapatos, de esos que se compran en las rebajas, me acompañaron en un largo periplo por África y me recuerdan cada día tres cosas. Una, que la población del planeta se divide en dos partes, la privilegiada y la desheredada. Dos, que la parte privilegiada no llega al uno por ciento del total. Tres, que he tenido la suerte, y no el mérito, de nacer en la parte que corresponde al uno por ciento que puede vivir con dignidad.

En Gambia, junto al mar, unas parrillas asan el pescado que alimenta a la mayor parte de la población. Las olas entran por debajo y se llevan los restos de vuelta a los océanos. Desconocedor de esta circunstancia, me bañé sin querer hasta los tobillos en agua de mar con raspas, cenizas y tripas de pez. Descubrí, a la vez que disfrutaba del aroma, que la pobreza no era la única razón por la todos los nativos que iban prácticamente descalzos.

En mi última historia de calzado circunstancial, una improvisada entrevista de trabajo en un lugar lejano me llevó a comprar deprisa y corriendo un par. Hacía tanto calor como ahora y me resultó imposible introducir los pies en los zapatos de vestir que traía en la maleta. Los que compré, nuevos y por ello incómodos, convirtieron aquella reunión en una pesadilla. Tan duro e inflexible estuve que aceptaron todas mis condiciones sin rechistar. Nunca sabrán estuve a punto de abandonar la sala sin decir palabra, de tanto como me dolían los pies.

Tengo más zapatos y más historias, pero un caballero nunca cuenta cosas que involucran a terceras partes, sobre todo si carecen de ropa. Si puedo recomendar algo, que sea esto: No se desprendan jamás de sus zapatos, por viejos y ajados que parezcan. Solamente ustedes saben qué recuerdos atesoran en su interior.